HOLA MIS ESTIMADOS. DESPUES DE UN TIEMPO DE AUSENCIA DECIDI COMPARTIR ALGO NUEVAMENTE. PERO TENIA QUE SER DIFERENTE A LO ANTERIOR, ME LO PEDIA EL CUERPO Y LA MENTE. POR ESO AHORA ES QUE LE TRAIGA ESTO. QUIZA NO SEA LITERARIO, PERO SIN EMBARGO SU CONTENIDO ME PARECE POETICO.
PARA EMPEZAR UN FRAGMENTO DE MI SERIE NACIONAL FAVORITA, DONDE DENUNCIA VARIO DE LOS MALES QUE NOS AQUEJAN Y QUE LAMENTABLEMENTE GANAN EN RATING
A CONTINUACION MI ESCENA FAVORITA DE UNA HISTORIA MEMORABLE, QUIZA SEA VIOLENTA, PERO NO SE PUEDE NEGAR QUE ES PARTICULARMENTE BELLA Y ESTETICAMENTE EXCELENTE
NO PODIA TERMINAR UN POST DIFERENTE DE UNA FORMA QUE NO SEA ESPECIAL. ME DESPIDO CON MUSICA Y UN VIDEO QUE.... YA LO VERAN
“ Siento más pena por lo que sueñan lo probable, lo legítimo y lo cercano, que por los que se dejan llevar por el devanando de lo lejano y lo extraño. Los que sueñan a lo grande o bien son los locos o bien creen en lo que sueñan y son felices, o entonces son seres simples para quienes su devaneo es su música del alma, que los acuna sin decirles nada. Pero quien sueña lo posible tiene la oportunidad real de la verdadera desilusión. No me puede haber pesado mucho el haber dejado de ser emperador romano, pero puede dolerme el no haberme atrevido nunca a hablarle a la costurera que, cerca de las nueve, da vueltas siempre por la esquina de la derecha. El sueño que nos promete lo imposible ya con solo hacerlo nos priva de si mismo, pero el sueño que nos promete lo posible se entromete con nuestra vida y delega en ella una solución. Uno vive exclusivo e independiente; el otro sometido a la contingencia de lo que sucede.(…) Duermo cuando sueño lo que no hay, me despierto cuando sueño lo que puede haber” Fernando Pessoa . Libro del desasosiego.
Para ustedes, y antes de llegar a las de papel, un fragmento que me encanta de Pessoa. Cuanta verdad!
de una gran soñadora y amante de los sueños: Andrea
"¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos ¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir. Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras? Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la cajan, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales. Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlos a un río? Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir."
Jaime Sabines
Cosecheras y cosecheros, comentadores y lectores invisibles: este texto me llamó mucho la atención, un poco extraño... haber que piensan, o que leen cuando lo leen.
La siguiente anécdota fue publicada en el último número de la Revista Ñ (24.04.2010) en la columna "Flora y Fauna" , escrita por Diego Erlán. La intención es regalarles una sonrisa a las Cosecheras en este domingo otoñal.
Los fines de semana me dedico a recorrer los bares de Buenos Aires. Me siento junto a la ventana, pido un café, un par de medialunas y abro un libro.
Hace varios años (tenía quince o dieciséis) desayunaba en una confitería con un amigo de Tucumán. Era una madrugada fría (a pesar de ser enero) y hacíamos tiempo para llegar hasta Retiro y tomar un colectivo hacia Miramar. Mi amigo empezó a jugar con el sobrecito de azúcar y en un momento dijo: “Mirá que raro es el mundo, el fabricante de azúcar se llama Pedro Sal”. Obviamente me reí y le pedí el sobrecito, lo di vuelta y empecé a leer. Dejé de reírme. “¿Me estás cargando?”, le dije, “acá no dice Pedro Sal sino Pedidos al”.
El sábado me acordé de esta anécdota. Una mujer se detuvo frente a la pizarra ubicada en la puerta de un bar. En tiza, se leía:
“Café c/ leche + 3 ½ Lunas $14.50”
“Mirá”, le dijo a la otra más joven que caminaba un metro mas adelante. La joven preguntó “qué pasa”. La mujer todavía observaba la pizarra. “Que raro que vendan tres medialunas y media, ¿no?”. La joven retrocedió unos pasos y, la cartera aferrada al hombro, miró a la pizarra y miró a la mujer. “No, bolas, son tres media-lunas”, dijo la joven antes de empezar a reírse y mirarme a mí, único testigo de la situación, con un libro abierto entre las manos. Me reí con la joven. La mujer, indignada, empezó a caminar diciendo “qué barbaridad, qué falta de respeto, le dice `bolas´ a la madre”.
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj, te regalan un infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, Te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj." historias de cronopios y de famas (Julio Cortázar,1962)
Domingo dominguero, domingo de milonga en la vereda de la plaza. Focos DE colores y guirnaldas, y los tangueros habitués. Animadores lustrando la tonada tucumana en su máxima expresión y una alcancía iluminada pasando entre las manos de la gente para " los gastos de los bailarines". Viejos excéntricos con un estilo único, y con el tango corriéndole por las venas y atravesando esos tacos rebeldes pero precisos en cada movimiento... y los más jóvenes, demostrando variedad tanto en el baile como en la vestimenta ( sobria, colorida, improvisada... hasta alpargatas se paseaban por el recorrido circular de inmóviles espectadores). De repente el animador presentaba a una pareja de baile,y luego de un silencio expectante del público decía - " no lee el cd la disketera" " pasale los anteojos" y empezaba a llenar el silencio con palabras que uno no sabía si eran para reír o llorar. Había más de uno que como bien dijo la Lali, quien me acompañó en esta ocasión, que parecía salido de una película de Kusturika. Pero los foquitos de colores, los cantantes, los cuerpos escribiendo alguna melodía, el locutor, el público respetuoso hasta de la inoportuna disketera, el tango corriendo por la sangre y por el aire... todo eso transformaba la noche, en una noche especial. y a ese rincón de esta conocida plaza de barrio norte, en un microcosmos tanguero definido, del que todos éramos complices. andrea
"La princesa está triste/ ¿Qué tendrá la princesa?" reza uno de los más célebres poemas del poeta Rubén Darío. Pues bien, millones de personas alrededor del mundo se hicieron esta pregunta el 2 de febrero del año 2002 cuando la argentina Máxima Zorreguieta se convertía en Máxima de los Países Bajos al casarse con el príncipe Guillermo Alejandro de Holanda.
El escenario de tal acontecimiento era la imponente iglesia de Nieuwe Kerk, en Ámsterdam y todo allí dentro era digno de un cuento principesco. Una sola diferencia cabe mencionar: los detalles de la boda no los conocimos por boca de nuestras abuelas una tarde de domingo, sino a través de una fría pantalla de televisor que repartía a todo el globo idénticas imágenes. Pero dejando de lado esa pequeña – gran diferencia, ni siquiera faltaron las clásicas lágrimas que siempre ruedan por las mejillas de las protagonistas de estas historias. En medio del ensueño, Máxima lloraba y apenas un pañuelo – protocolarmente disimulado en su mano- parecía acompañarla en su dolor.
La fantástica composición “Adiós, Nonino” de Astor Piazzola fue la pieza elegida para recordar a los padres de la plebeya que se convertía en princesa de la noche a la mañana. El Parlamento holandés había resuelto excluir de la lista de invitados a Jorge Zorreguieta por considerar inapropiada su participación civil como Secretario de Agricultura durante un gobierno de facto. Su mujer, María del Carmen Cerruti, también se abstuvo de concurrir y juntos vieron la ceremonia, al igual que usted y que yo, por televisión, desde Alemania.
Pero el corazón no entiende de razones y mientras la genialidad de Piazzola inundaba la iglesia y la realeza permanecía en silencio, Máxima y el bandoneón, lloraban. Lloraban lágrimas reales. No era para menos.